Hace cuatro años, un compañero de trabajo me dijo que había una app nueva que se llamaba “Tinder”. Con lo que me describió, pude entender que era algo así como un catálogo con fotos y geolocalizador de personas solteras. Algo parecido a un radar de película de guerra en donde, imaginé, aparecerían corazoncitos solteros en lugar de puntos de peligro.

Siendo la indagadora rebelde que soy, descargué la aplicación, más para ver de qué iba y cómo funcionaba, que para encontrar ligues. De hecho, la app era tan nueva, que en ese momento no habían más que ex-novias y amigas para hacer match.

Tinder creció como la espuma, por supuesto, y el resto de la historia ya la conocemos. No sólo revolucionó a los sitios de citas, también le dio una vuelta a la forma de relacionarse y ligar. Sobre todo de las generaciones más jóvenes.

Pero, ¿qué fue lo que llevó a Tinder al éxito?

El ligue online existía desde los 90’s, pero no era ni fácil, ni inmediato. Se ligaba en mIRC, en MSN, en salas de chat, en foros y, ya más pegado a la modernidad, en MySpace y Facebook. Y si te ibas a los sitios de citas como Plenty of Fish o Match, la cuestión era la misma: poner tu perfil, esperar a que alguien te contactara y, en algunos casos, incluso habían limitaciones a menos que pagaras una suscripción.  Si querías algo a la mano y en tiempo real, pues eso, tenía que ser real: salir, dar la vuelta, ir a bares, sacar a bailar a alguien y que te dijeran que no.

El éxito de Tinder está, precisamente, en una propuesta de valor que logró diferenciar a la aplicación de cualquier otra alternativa online de citas:

La interacción fácil e inmediata entre dos personas interesadas la una en la otra.

Al final, le dieron al clavo a una afirmación sumamente privada y vulnerable: siempre, pero siempre va a ser más fácil acercarte a alguien, si sabes que ese alguien está interesado en ti. Y como un plus súper conveniente: esa persona interesada en ti está en tu ciudad, o en la ciudad en la que estás de vacaciones, o en el bar en el que estás con tus amigos y le puedes hablar, literalmente, “aquí y ahora”.

Así como Tinder, hay otras aplicaciones que han sabido tomar una problemática y convertirla en un área de oportunidad para su propuesta de valor:

Uber

Problemática: Los taxis están siempre, salvo cuando los necesitas. Las líneas están siempre ocupadas, las tarifas son fácilmente alterables y las unidades y los choferes muchas veces dejan mucho que desear.

Propuesta de valor: Red de transporte particular que conecta de forma instantánea a pasajeros con conductores, con tarifas establecidas y sistema de calificación.

Airbnb

Problemática: El hospedaje en hoteles suele ser muy genérico y estándar. No siempre te proporciona la extraordinaria y auténtica experiencia local al visitar lugares nuevos.

Propuesta de valor: Plataforma para alquiler de alojamiento con anfitriones locales, en lugares únicos y auténticos para vivir la experiencia de “estar en casa” en otra ciudad.

Netflix

Problemática: Siempre olvidas el horario en el que van a pasar en televisión la película que quieres ver. Cuando decides rentarla, terminas pagando recargos por no regresarla a tiempo.

Propuesta de valor: Películas y series en el momento y lugar que lo decidas. Sin horarios restringidos, ni recargos.

El éxito de todas estas aplicaciones, no estuvo en inventar algo nuevo y nunca antes visto. Al contrario, radica en la capacidad de analizar el servicio de toda la vida, encontrarle el punto débil y replantearlo en una propuesta de valor atractiva para el mercado.

¿A qué servicio crees que le haga falta una aplicación «mágica»?

 

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